Alí, a 33 años de ese día y yo cantando

jueves, 15 de febrero de 2018












16/02/2018


Alí (se dice como si pulsara las cuerda La y Mi agudo en la guitarra) Así arranca esta canción que te cuento…

No pude conocer de primera mano tu saludo, que me echaras la bendición o toparnos en la calle, pues solo contaba con 7 años de edad cuando la noche quebró sus brazos sobre la vida, pero te conozco desde siempre, desde el vientre de mi madre.

Dice mi vieja que papá en aquel entonces -más por intuición que por comprensión- escuchaba tus discos y los guardaba cual reliquia destacada entre un santuario musical de la época, por orden de adquisición y en formato Long Play. Alí primera era parte del repertorio parrandero de chucho, como es conocido mi papá allá en La Cubana, en el barrio Gramoven de Catia que crecía detrás de la planta de harina y se hundía en la pobreza oficial  del gobierno de turno.

Entonces te conocí; asistido por unos audífonos de esos grandotes que mi papa ponía en la barriga de mamá para que yo escuchara la canción de pájaros, paisaje, campo, alegrías, rabias y tristezas que son ese canto tuyo; así fue como esa voz ronca y profundamente amorosa y cálida se me grabó en el alma, tus canciones fueron el arrullo junto a mi cuna en mi primera infancia.

Luego y como era de esperarse me aprendí tus canciones, y para cuando menos lo esperaba era el carajito que en las fiestas y reuniones se arrimaba a los músicos parranderos para cantar súbete a mi moto con el mismo entusiasmo que ponía al cantar Mama Pancha; no niego que la cosa de que me aplaudieran me gustara, me fijé en la cabeza que yo también cantaría así como tú: ronco y fuerte, bravo porque había un culpable en la muerte del niñito de Ruperto y triste con la lluvia en los Techos de Cartón.

Aunque ya algo de lectura me había enseñado mi tía-madrina en la casa, al mudarme a El Valle empecé a salir a una escuelita improvisada por una señora en Cerro Grande donde enseñaba a leer a los niños antes de entrar a la escuela para que fueran adelantados al kínder; ya sabiendo leer, escribir, sumar y restar fui derechito a parar al kínder adelantado y con ventaja, misma ventaja que me dolió en un carnaval cuando jugando en casa de una tía agarré un periódico que decía que tú habías chocado en tu carro y estabas muerto, la foto era en blanco y negro, estabas en el suelo con los ojos cerrados.
 
No comprendí lo que había leído en casa de mi tía hasta que a los días vi a mi papá en la casa materna llorando mientras recortaba de los periódicos tu foto, y le pregunté:

-         - ¿Alí Primera se murió?

Él sin mirarme,  fijo en su lagrima y en los recortes sobre la mesa, me respondió que sí. Sé que te lloré un poquito tal vez contagiado por el guayabo de mi papá, pero para los niños la muerte no existe, y como yo nunca te vi muerto, para mí sinceramente estás de viaje y tal vez nos consigamos en una esquina por ahí.

Uno va creciendo y se va tejiendo el amor a la medida. Otra vez mudado de casa me conseguí cursando el cuarto, quinto y sexto grado en la escuela Juan Antonio Pérez Bonalde en Catia, me había mudado esta vez a casa de mi abuela paterna. Persiguiendo a Alí me convertí en el cantante de la escuela, y así entre las clases y juegos deportivos terminé participando en el Festival de la Voz Escolar, el que para mi sorpresa y sin mi repertorio habitual gané en mi escuela cantando El Pájaro Chogüí.

Voz parroquial, voz distrital… una voz en la calle.

Ya en sexto grado era el reconocido cantante de la escuela que participaba en los actos  ante un nutrido auditorio escolar con canciones de Alí Primera, para estupor de algunos maestros y gracia de otros. Madre déjame luchar sonaba el día de la madres en el patio, seguida por Es de noche y Caña clara y tambor, no había oportunidad en la que no buscara la manera de rasgar el cuatro y hacerme valer cantando; debo confesar que no era el más destacado en deportes, pero cantando no pelaba, tenía mi propio e indiscutible escenario.

Estudiaba en el turno de la mañana pero también cantaba en la tarde, a pesar de que los del turno de la tarde eran menos aprensivos que mi público matutino, eso me permitía andar todos los días en la calle por “asuntos culturales”, además que tenía una novia llamada Pieranyeli del sexto grado de la tarde, y eso era más que un motivo para ir a cantar a la escuela aunque fuera fin de semana.

Al llegar el fin de curso del sexto grado se celebró un acto en la escuela para otorgar reconocimientos a los participantes de los Juegos Inter Escolares, donde yo no tenía vela ni entierro, pues tal y como sabes no era el mejor atleta…

En medio del desorden de los que ya salían de sexto grado, el bochinche de la despedida y las maestras pidiendo silencio, la directora hace un aparte en la entrega de medallas para anunciar que otorgaba una medalla espacial para un estudiante que se había destacado en las actividades escolares. Jorwill Sánchez, compañero de clases y hermano mío hijo de otro vientre, me gritaba que la cosa era conmigo. Incrédulo me quedé viendo de lejitos en una escalera a ver quién era esa joya de estudiante que llamarían, hasta que para mi sorpresa dijeron mi nombre… fulanito de tal pase al frente, por favor.
 
Bajé de la escalera, y tal vez los nervios o la sorpresa no me dejaban sentir La Salita que me dieron mis compinches para celebrar otra medalla a nuestra generación de estudiantes. Recibí mi medalla de manos de la directora y salí corriendo a las mismas escaleras nuevamente, celebrado y chalequeado pues ya se sabes que si a uno lo besa una maestra es tan merecedor de burla como cuando por error le pides la bendición al despedirte; abrazado a mi amigo entrañable, entre lágrimas leí lo escrito en la medalla que parecía una estrella roja: Honor al Mérito, colgada de una cinta roja en mi cuello, solo alcance a decir:

-          - Esta medalla no es mía, esta medalla es de Alí Primera.

Desde ese día se me puso entre ceja y ceja que debía ir hasta tu siembra a llevarte la medalla. Luego -y ya a varios años de distancia de mi graduación de sexto grado- me dijeron que quedaba en Falcón pero no tenía idea en qué parte.

Como es biológicamente correcto me creció la vida y me hice camino al andar, también a mi pesar creció la distancia entre lo que quería de niño y lo que hice después, me dediqué a hacer mis cosas, mi vida-tómbola ¡hasta me nació una carajita! y no supe más de cantar ni en un cumpleaños, hasta que se me ocurrió irme al cuartel por razones que te cuento otro día con más calma, pero ahí, en medio de la soledad que el ejército brinda con tanta compañía, me encontré uniformado de verde cantando tus canciones mientras recogía hojas en el más absurdo de los lugares contra-poesía y castrante como lo es el ejército.

Nuevamente me hice valer cantando y con la excusa de entrar al coro religioso de mi regimiento, me asigné una guitarra ¡y a cantar se ha dicho! no tanto tus canciones porque no eras muy popular entre los oficiales, pero ya tenía como soportar los días de soldado.

Tras varios cambios de ocupación dentro del Regimiento de Ingenieros Agustín Codazzi donde estaba “pagando servicio militar”, llegué a trabajar con los comandantes del regimiento y por causas de la vida estuve bajo el mando de Carlos Romero Borges, un coronel gordito, retaco y mal encarado que todos decían que era el diablo, y al hijo de María le tocó la suerte de trabajar con él; luego de sortear sus barreras me convertí en su hijo de armas, me incluyó entre sus afectos familiares e hijos sanguíneos, dándome ciertas libertades en el comando, como despertarlo a las 5:30 de la mañana con Tin Marin y cuanto disco de Alí yo ponía a todo volumen en su oficina-dormitorio. Mi padre de armas  me siguió demostrando su afecto más allá del ejército hasta que un día decidió irse sin decirme nada y cambió de paisaje. 

Recuerdo que un día siendo ya un flamante cabo primero me tocó dirigir el canto de trote matutino de mi pelotón, canto que para aquel momento aún era un rosario xenófobo, anti-colombiano, antiguerrillero, antipopular con el que se motivaba la gallardía patria de los soldados cada mañana en Fuerte Tiuna, en este trotecito de varios kilómetros puse en práctica lo que una vez me contó Marco Montilla, otro hermano de la vida, destacado sargento del batallón Ayala que había participado en la asonada militar el 4 de febrero que lideró Hugo Chávez, quién me contó que él cantaba El catire y el negro de Simón Díaz para rebajarle la dosis de xenofobia a los trotes con sus soldados.
Así me puse en marcha con mi gente y además del repertorio habitual le sumé El catire y el negro, y de ñapa cantaron Sangueo para el regreso, cosa que después me costó un par de preguntas de un oficial pero sin mayores inconvenientes físicos.

Esta situación del ejército me permitió pensar en volver a cantar, pero no en cumpleaños, ni en parrandas, sino en la calle, con la gente, en tarimas y con músicos, cantar tus canciones y que todo el mundo me viera en ese trajinar de ser como tú.

El ejército y la vida militar había cambiado mi vida, y el país entero también cambiaba, el Chávez del aquel 4 de febrero había ganado las elecciones presidenciales y la cosa también cambiaba en los cuarteles, te confieso que yo no estaba muy convencido ni ducho en la política, yo solo quería cantar. Una noche en una innecesaria parranda tuve que amanecer en la Plaza Bolívar, y ahí en un golpe de realidad despertó mi conciencia al salir de mi vida-mundo y conocer la tragedia de vida de un hombre que, tras sufrir un accidente que lo dejó muy afectado físicamente quedó en la calle; normalmente la sociedad adormecida no se reconoce en el otro, el Yo es supremo y el Otro es el enemigo. Entendí por qué cantabas, de ahí salí con el alma en las manos a escribir mi primera canción, Errantes.

En el presente, a 33 años de ese día 16 de febrero, estoy más cercano a la edad que tenías en 1985 y un bojote de canciones escritas que narran mi tiempo, mi época, mi conciencia y mi modo de comunicarme con el ser humano, y eso te lo agradeceré toda la vida, haberme motivado sin conocerme a ser más que un YO entre la gente, hay más cosas por decir, pero lo haré en otras cuartillas, tal vez en versos o canciones, porque las cosas en el país no están bien Alí, andamos en tiempos sumamente difíciles, pero a pesar de eso empuño mi conciencia y canto, porque sé que de algún modo tú andarás conmigo cantando junto al pueblo.
      

Canción pendiente  31/10/17
(para Alí)

Tu voz es esa brisa que otra vez
Echa a andar nuestro velero
En el mar de la esperanza
Y el amor.

Y sumado en corazones
Das más razón a la ternura
Que a la rabia de las bestias
Con dientes afilados en tristezas.

Ama y defiende el amor amando
Vamos venciendo soledades…
 
Y hago un pacto de vida
Con tus sueños que todavía,

¡Ay todavía!

Está tu pueblo amaneciendo
Está tu pueblo amaneciendo
Amaneciendo…


           


Centauro Saher… aprendiz de cantor

        
 



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